miércoles, 2 de febrero de 2011

Relatos del caribe N° 12: La llegada a mi pueblo











RELATO XII 
 LA LLEGADA A MI PUEBLO




Pequeño pueblo del Caribe colombiano, enclavado en los valles del bajo Sinú, que se alcanza a divisar sobre la llanura Cordobesa, por estar un poco más alto del nivel del mar; razón por la que su temperatura es más fresca y agradable que la de otros municipios cercanos, especialmente en las horas de la tarde, que siguen el resplandor calenturiento del medio día. Esa tarde de 1959 viajaba parapetado en un jeep Willis, conducido por quien los parroquianos apodaban “el Chema” por una carretera polvorienta que de la vecina población de Chinú, conduce a San Andrés de Sotavento. El Willis  transportaba 16 pasajeros adultos, además de mi hermano y yo, entremezclados en ese sartal de gente, que como racimos humanos, viajaba para las fiestas de toros de esa población.
La gente comentaba las incidencias de la fiesta del día anterior: “Que un toro de Anibita Polo malhirió a un muchacho de Tuchín, que le cogieron más de 60 puntos; que –qué toros tan bravos. Hablaban del chivo mono, del mata vieja, que mató tanta gente, decían que se llevó en los cachos más de 20 personas. Decían que Maderita y el negro Demetrio tenían: “los niños en cruz” y que por eso los toros nunca les hacían nada.
Yo escuchaba a esos hombres sudados, polvorientos y alháracareros, vestidos de dril abano y sombrero vueltiao, tez morena y abarcas tres puntadas, de cuero de enrejar novillos, que eran las buenas contando esas historias fascinantes intrépidas de los hombres del trópico, que se fueron quedando en mis oídos con el correr de los años.
A las 3 en punto entramos al pueblo en medio de los compases de una banda papayera, que repicaba sus sones con tanto ruido que no se escuchaba casi nada. El Chema, a medida que descargaba la gente y cobraba el pasaje, nos miraba a mi hermano Jorge y a mi, diciéndonos: “ustedes se me quedan quieticos, todavía no han llegado”.
Después de arrancar el willis, nuevamente nos llevó a una casa donde estaba un pocotón de gente sentada, vestida la mayoría de blanco, los hombres con camisa guayabera departían alegremente alrededor de una mesa ataviada con varias botellas de ron blanco. Llamó en voz alta a la niña Marina y dijo: “Vea niña Mary, ¡Estos son los hijos de sus hermana la niña Blanquita, que ahí se los manda la niña Ana-Elena de Chinú!”.
El viaje del Chema terminó para nosotros, pero su recuerdo permanece indeleble en nuestras memorias, como una aventura que mereciera perpetuarse en el tiempo.